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Extraído del libro: El
ABC de la conservación de obras de arte hechas en papel & Cuento
del papel
Editorial Arte,
Caracas 1978.
Autor: Miguel
G. Arroyo C.
De acuerdo con relatos antiguos y contemporáneos,
el papel fue inventado en el año 105 de nuestra era por un inteligente
eunuco chino llamado T'sai Lun. Enemigo de todas las formas del
despilfarro y obsesionado por la idea de encontrarle utilidad a
los retazos que quedaban de las telas empleadas para escribir, T'sai
Lun tomó una buena porción de esos sobrantes, los humedeció, los
batió hasta casi desintegrarlos, los sumergió en una cuba con agua
y recogió la pasta que así había obtenido en cedazos de cáñamo o
bambú preparados de antemano. Cuando el agua se hubo colado, lo
que quedó en la superficie de sus cedazos fue una capa de fibras
libremente entretejidas que, luego de ser prensadas y secadas, mostraron
que podían mantenerse en cohesión. Otros relatos nos aseguran que
no fue el ahorrativo T'sai Lun, sino un severo General de los Ejércitos
del Emperador Ch'in Shih-Huang-Ti, el que 'verdaderamente' inventó
el papel en los alrededores del año 206 antes de nuestra era. Para
fortuna de escolares y de 'scholars', este General llevaba el fácilmente
pronunciable nombre de Mong-Tien.
También pueden hallarse narraciones en las que
T'sai Lun no aparece como eunuco -al menos no se le mencionaba como
tal- sino como Ministro de Agricultura del Emperador Ho Ti, o como
Alto Oficial del Gran Imperio, y otras en las que Mong-Tien inventa
la brocha y no el papel. Una parte de la responsabilidad por tan
disímiles versiones corresponde al propio Emperador Ch'in Shih-Huang-Ti,
pues fue él quien en el año 213 antes de Cristo ordenó que se quemasen
los archivos imperiales y que se añadiesen a la pira los documentos
y escritos dejados por Confucio. Quería -según lo dice Toynbee-
oficializar la lengua, unificar el lenguaje y acabar con la confusión
y el Confucionismo. Sin embargo la confusión ha subsistido, y en
tal medida que llega uno a pensar que con un poco de paciencia y
de determinación, no sería imposible encontrar un relato en el que
Mong-Tien figurase como eunuco y T'sai Lun como General, pues según
parece (y a ello podemos atribuirle otra parte de la responsabilidad)
estos nombres, rangos, condiciones, brochas y papeles, han quedado
confundidos -y mezclados- en la memoria de quienes a lo largo de
los siglos han venido registrando -en papel- estos inolvidables
sucesos. Mas, ante éstas y otras controversiales descripciones relativas
a la historia del papel, el lector ya descorazonado -pero no resignado-
por no encontrarla verdad, hará bien en preguntarse: ¿qué es una
condición un título o un nombre, para una invención tan memorable?
Podemos, pues, aceptar muchas versiones -y ficciones-
sin que por ello validemos el hecho cierto (en esto sí coinciden
todas las autoridades) de que en el año 105 de nuestra era, se producía
en China un bello y útil material (hecho con residuos de telas cortadas,
mojadas, majadas, prensadas y puestas a secar) que tenía las características
de eso que hoy llamamos papel.
Habrían de transcurrir más de mil años antes de
que el papel encontrase el camino hacia Occidente (los chinos hicieron
lo imposible para impedirlo. Primero llegó a Corea, por el Este,
y también a Japón; luego se devolvió hacia Samarcanda -allí, en
el año 751 después de Cristo dos prisioneros chinos ganaron su libertad
dándoles a los árabes el conocimiento que tenían sobre cómo hacer
papel. De Samarcanda inició su lenta peregrinación hacia el deteniéndose
primeramente en Bagdad, donde el Califa Haroun Alrashi mismo que
figura en 'Las Mil y una Noches'- ordenó, en el año 795, que los
documentos oficiales fuesen registrados en papel. De Bagdad pasó
a Damasco, El Cairo y Marruecos. Pero mientras esto sucedía, ya
otra generación de chinos (hay millones de ellas) había descubierto
que podía hacerse papel con las fibras maceradas del bambú y, también,
con la corteza triturada de la morera -la misma planta que durante
siglos había servido de hogar y de alimento a los gusanos que producían
los finos hilos de la seda.
Cuando en el año 1150 de nuestra era, el papel
y los modos de hacerlo pasaron de Marruecos a España, los europeos
mantenían la costumbre -iniciada en Pérgamo en el siglo 11 antes
de Cristo- de sacrificar corderos recién nacidos, terneros nonatos
y cabritos en cierto modo imberbes, para con sus tiernas pieles
-despojadas de todo pelo o vellón, y lijadas y pulidas hasta punto
de brillo- hacer sus pergaminos. Y no faltaron, según dicen, caballeros
-si es que así puede llamárseles- que utilizaron las empalidecidas
y aún sudorosas pieles de sus adversarios para escribir en ellas
sus cartas y mensajes
El pergamino era ideal para la escritura a pluma,
ya que tenía poca capacidad de absorción. En cambio el papel de
los chinos tenía una fuerte capilaridad perfectamente adecuada para
la escritura a pincel o brocha, que ellos empleaban, y absolutamente
enloquecedora para los escribanos moros y cristianos, y para todos
aquellos que iluminaban páginas o que debían escribirles cartas
a sus Califas, a sus Reyes y a sus novias. Por ello, cuando los
árabes instalaron en Valencia y en Toledo las primeras fábricas
de papel que funcionaron en Europa, mantuvieron la práctica -iniciada
posiblemente en Bagdad- de cubrir el papel con una liviana solución
de almidón. El almidón no sólo hacía más fuerte el papel, sino que
también reducía la capilaridad impidiendo, así, su más irritante
y perturbadora consecuencia.
A comienzos del siglo XIII la técnica del papel
pasó de España a Italia y allí, en las manufactureras de Fabriano,
se descubrió que la gelatina podía sustituir ventajosamente al almidón
en eso de reducir la capilaridad del papel. Este utilísimo descubrimiento
habría de tener, sin embargo, consecuencias muy perjudiciales en
la producción posterior del papel y en la duración y vida del mismo.
Pues la gelatina, por ser hecha con cartílagos, cascos, cuernos
y cueros de ganado, se descomponía con relativa facilidad, y al
tratar los productores de papel de encontrar un medio que evitase
o retardase la descomposición, cayeron -después de largas investigaciones-
en el alumbre. Fue así como a partir del siglo XVII y hasta ya entrado
nuestro siglo, no hubo gelatina para papel que no tuviese en su
composición una buena cantidad de alumbre. Y el alumbre, como ya
ustedes habrán sospechado, es buenísimo para impedir la putrefacción
de la gelatina, pero para el papel es letal ya que lo acidifica
y por ello reduce considerablemente su tiempo de vida.
Para el siglo XV la producción de papel estaba
generalizada en Francia, Alemania, Suiza, los Países Bajos e Inglaterra.
Y cuando Hernán Cortés llegó a México, en 1519, ya los mayas hacían,
con la corteza del higo y con la de la morera, un papel que llamaban
'huun', y los aztecas, con las mismas plantas hacían otro que llamaban
'amatl'. Los españoles investigaron -sin mayor éxito- las atractivas
posibilidades del 'huun' y del 'amatl' y en los alrededores de 1580
instalaron en Culhuacán (cerca de Ciudad de México) la primer fábrica
de papel -no 'huun' ni 'amatl'- que funcionó en América.
Cuando miramos al trasluz algunos de los papeles
hechos con anterioridad al siglo XIX notamos que sus superficies
están surcadas por líneas opacas Y por, estrías traslucidas que
se alternan, horizontal y paralelamente, en una secuencia ininterrumpida.
Además observarnos que esas líneas horizontales están seccionadas,
cada dos centímetros aproximadamente, por estrías verticales también
traslucidas. Todas esas líneas son como diagramas de fuerza producidos
por las apretadas estructuras de alambre con las cuales los árabes
y los europeos sustituyeron las varillas de bambú utilizadas por
chinos, japoneses y coreanos para confeccionar sus moldes - Y es
la menor acumulación de fibras en las zonas ocupadas por los alambres,
lo que produce ese hermoso lineado.
También le debemos al mismo hecho la aparición
-a partir del siglo XIII- de las 'filigranas' o 'marcas de agua'
que, como perfiles de luz (Cruz Griega, Arco y Flecha, Yunque y
Martillo Rueda con Rayos, Gorro de Bufón ... ) podernos encontrar
en algunos papeles antiguos y contemporáneos - Pues cuando en las
manufactureras de Fabriano sintieron que era necesario identificar
sus productos, pensaron que un modo efectivo de hacerlo, sin inutilizar
parte alguna del papel, podía ser ese de añadir a las tramas de
los moldes una figura construida en alambre. Así lo hicieron y el
procedimiento fue posteriormente adoptado por muchos de los fabricantes
europeos.
Pero no en todos los papeles producidos antes del
siglo XIX encontraremos las huellas del molde (ni las filigranas).
También hallaremos algunos en los que -al igual que en la mayoría
de los papeles fabricados en nuestro siglo- el traslucimiento es
parejo o está apenas opacado por uno que otro grumo. papeles, llamados
'Vellum' en Francia y 'papel tejido' en otros países, eran hechos
en moldes de cedazos muy finos y de hilos entrecruzados. Por ello
nos resulta casi imposible percibir sus huellas. Tampoco debemos
pensar que sólo los papeles manufacturados antes del siglo XIX llevan
la trama horizontal vertical a la que antes hicimos referencia:
hoy, por procedimientos mecánicos y con rodillos metálicos especialmente
preparados, se puede lograr, por presión cualquier trama o filigrana
que el productor considere deseable. Si quisiéramos tener una idea
aproximada de cómo fue aumentando el consumo y los usos del papel
en Europa, quizás nos bastaría con saber que a principios del siglo
XVI únicamente en Alemania existían más de mil imprentas dedicadas
a la producción de libros y que de las Fábulas de Esopo (el autor
de mayor éxito editorial durante la segunda mitad del siglo XV)
ya se habían publicado no menos de 123 ediciones.
También tendríamos que recordar que en el siglo
XVI ya el papel era usado en documentos, correspondencia, cuadernos
de estudio y de notas, registros civiles, mercantiles y eclesiásticos,
envolturas, volantes, semanarios, partituras, dibujos, estampas,
recibos, oraciones y cientos más de cosas. Por ello no nos sorprendemos
cuando se nos dice que a finales del siglo XVIII ya no había suficiente
trapo en el mundo para abastecer la demanda de la industria papelera,
y que los productores caían en colapsos, económicos y mentales,
por no encontrar trapo ni cosa alguna que lo sustituyera. Un atribulado
fabricante de Maine (Estados Unidos de América) llegó al extremo
de casi provocar una epidemia de cólera en ese Estado porque se
le ocurrió importar momias para utilizar sus vendajes en la producción
de papel.
La búsqueda de un sustituto para el trapo tomó
un impulso extraordinario a principios del siglo XIX y debemos considerarnos
afortunados de que a así fuese, pues, a pesar de quienes dicen que
"el cielo es cielo porque allí no hay papeles", ¿que habríamos hecho
ayer, y hoy, sin papel? Esa fue, según supongo, la pregunta que
se hicieron los propietarios de 'The Times' de Londres, cuando en
1857 decidieron otorgar un premio de mil libras a cualquier persona
hembra o varón- que, sin usar trapos, produjese buen papel.
En 1715 el científico francés René Antoine Ferchault
de Réaumur sugirió que la pulpa de la madera podía ser usada en
la fabricación del papel. Esa idea le había venido a la mente al
observar que ciertas avispas construían sus colmenas en un 'papel'
que, a fin de cuentas, no era otra cosa que madera sabiamente transformada.
Las deducciones de Ferchault de Réaumur tenían fundamento, pero
los investigadores del siglo XVIII, lejos de prestarle atención,
habían tomado otros caminos y metódicamente experimentaban con productos
tan disímiles -al menos en apariencia- como 'stippa tenacissima'
(que no es otra cosa que esparto) y yute; papas y asbesto; tusas
de maíz y tallos de repollo; vástagos de lirios y varas de azucenas.
En total ensayaron con no menos de cien utilísimos -o bellos- productos
de la tierra, sin obtener el resultado que deseaban.
A todas éstas, los viejos procedimientos manuales
de producción habían sido sustituidos gradualmente por procedimientos
semi-mecánicos: en Holanda se había inventado en el siglo XVII una
máquina (la Hollander) que cortaba y trituraba el trapo a gran velocidad,
y en 1798 el francés Nicholás Louis Robert había fabricado la primera
máquina de hacer papel (un crudo pero eficaz artefacto realizado
casi totalmente en madera y con algunas partes de metal). En 1800
se dio a conocer el primer libro impreso -parcialmente- en papel
hecho con pura pulpa de madera, pero la madera -como pronto pudieron
darse se cuenta lo productores y los usuarios- tiene varios inconvenientes,
pues por una parte, sus fibras son cortas, lo que hace más débil
el papel, y por la otra, en su constitución hay una sustancia resinosa,
difícil de eliminar, que colorea el papel con un tinte amarillento
y que incluso, puede pasarle su color cualquier otro papel con el
cual esté en contacto.
El 'Iignin', que así se llama esa sustancia, no
pudo ser eliminado pero se contrarrestaron sus efectos utilizando
ácidos blanqueadores que le daban al papel el color blanco deseado
. Todo habría andado bien si no se hubiese descubierto, al poco
tiempo, que los ácidos sólo blanqueaban temporalmente al papel y
además aceleraban en gran medida su deterioro.
Pero como en esta oportunidad se trataba de 'tener
o no tener', a partir de 1867 la madera se impuso en la producción
industrial del papel y ha seguido siendo, hasta ahora, el gran sustituto
del trapo. A ella -o al lignin- le debernos ese color amarillento
que toman los periódicos que con tanta solicitud hemos guardado
y a los ácidos blanqueadores, esa quebradiza fragilidad que siempre
nos atemoriza cuando tocamos un recorte viejo.
Lo dicho no significa que todos los papeles que
hoy se producen sean hechos exclusivamente con madera; los hay también
fabricado con distintas proporciones de trapo y madera, y existen
manufactureros que, indiferentes al progreso industrial, siguen
elaborando sus papeles con pura estraza y, a veces, por procedimientos
manuales muy parecidos a los que emplearon T'sai Lun o Mong-Tien.
Por lo demás, todos sabemos que los sistemas de producción han cambiado
radicalmente y que los procedimientos semi-mecánicos han sido sustituidos
por máquinas de procesamiento continuo que no descansan ni aun después
de haber entregado grandes rollos de papel ya elaborado . Pero en
términos generales, el papel así fabricado no es mejor ni más bello
que el que manufacturan los artesanos. Esa es la razón por la cual
los artistas siguen prefiriendo los papeles artesanales para sus
obras y es, también, la que ha llevado a creadores como Rauschenberg
y Juan Manuel de la Rosa a hacer sus propios papeles y a darles
texturas y colores que son parte sustancial de la esencia misma
de sus obras.
Al mirar esos papeles algo se agita en nuestra
memoria y, con la intensidad de un mal presentimiento, nos asalta
la sospecha de que toda la belleza y plenitud que poseen ha sido
lograda con las mismas y 'perversas' hebras de repollo, fibras de
yute, hilos de lirio y de lino, filamentos del maíz, briznas de
esparto, estigmas de la flor del azafrán... que cautivaron a las
azoradas mentes de los investigadores del XVIII y los llevaron a
una decepción que hoy nos resulta injustificada. Pues -es justo
decirlo ahora- si ellos fracasaron en su propósito de encontrar
un material que permitiese la producción de papel en gran escala,
no estaban equivocados al pensar que podía hacerse papel con las
fibras de muchos de los vegetales que utilizaron en sus conmovedores
experimentos. A los usos tradicionales del papel, cada siglo ha
añadido sus propias exigencias y cada exigencia ha creado una variante
hecha a la medida exacta de esa exigencia: piénsese en billetes
y en falsificaciones de billetes, sombrillas y cometas, filtros
y bombones, toallas y cigarrillos, pañales e impermeabilizaciones,
pantallas y tapicerías, estampillas y 'calcomanías de infracción'...
Esta incontable variedad de usos y de papeles es
buena, pero también puede llevarnos a una confusión parecida a la
que apreciamos en los rasgos de Armida, cuando fueron impresos en
un papel bueno pero inadecuado. Mas, afortunadamente, el papel nos
educa. Por ello hoy resulta difícil encontrar un estampador, un
dibujante o un diseñador que no pueda -con sólo mirar la hoja que
se le ofrece- determinar para qué uso es recomendable y cómo reaccionará
ante cualquier técnica que se desee aplicarle.
Es posible que para el artista, el impresor, el
hombre de negocios o el expendedor que hoy revisa las largas listas
de nombres, calidades, calibres, marcas y colores de los distintos
papeles, ellas sólo le signifiquen cualidades de un mismo material
que así demuestra su versatilidad. No están equivocados. Pero si
organizan esos nombres en su contexto; Papel de China...'Duque de
T'sai'... Papel Japonés... Papel de Damasco... Papel de Játiva...'Laid
Paper'... Papel Tejido... Papel de Arroz... Papel de Estraza...
Papel de Trapo... Papel de Avena... Papel de Morera... Papel de
Madera...'Fabriano'...'Whatman'... 'Arches'...'Van Gelder Zonen'...'Ingres'...'Strathmore'...'Bond'...
descubrirán que más que marcas, cualidades o denominaciones, esos
nombres son señales que ha ido dejando el papel para que su historia
no se enrede o extravíe demasiado.
Y si toma esos papeles en sus manos y los toca
y los mira con detenimiento, es probable que sienta que el papel,
más que una invención es un milagro.
Como tal podríamos considerarlo. Como tal debemos
conservarlo....
fin
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